2 de marzo de 2012

Librería Pampa Mar

“Todos los lectores de Buenos Aires le debemos algo y acaso mucho.”

Jorge Luis Borges sobre Luis Alfonso, fundador de la librería La Ciudad

Pampa Mar ocupaba la planta baja del edificio de calle Alsina al 200, en Bahía Blanca
No contaría yo con años que me habilitaran a la inexperta consumación del amor cuando conocí, en una calle módicamente populosa de una ciudad de provincias, a Carlos Viglizzo. Yo me había iniciado en el hedónico hábito de la lectura y ansiaba poseer, como casi cualquier ávido aprendiz, la totalidad de los volúmenes del orbe. La librería Pampa Mar era, para los que buscábamos, rivalizando silenciosamente entre sí, el mediato contacto con todo autor que se nos antojara de renombre, una suerte de Olimpo cuyo acceso no estaba vedado a mortal alguno.
Editorial Pampa Mar
La primera mañana que pisé el edén que regía Carlos Viglizzo, un hombre algo grueso, ya mayor, de cabellos añosos y voz pausadamente culta, pedí, para impresionarlo, torpe y temblorosamente, un ejemplar de alguna obra de Verlaine. Viglizzo accedió con un leve asentimiento y rebuscó una copia de Poèmes Saturniens en edición bilingüe. El precio, que era sideral, me desconcertó, pero Viglizzo se avino a una rebaja y a la recomendación de remitirme a la obra de Rubén Darío, cuya poesía, Viglizzo enseñó, es heredera de aquélla de Verlaine. Recitó, con la memoria prodigiosa de mester de librerías que era sola propiedad suya, unos versos de Lo fatal:

Dichoso el árbol, que es apenas sensitivo,
y más la piedra dura porque esa ya no siente,
pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo,

ni mayor pesadumbre que la vida consciente.

Mi impresión de Carlos Viglizzo, en épocas en las que lo rozaba cierta decrepitud, fue la de un hombre que ha rendido sitio al cansancio y a cierta indiferencia ante su propia suerte. Fue beneficiario de un vasto saber, editor, mecenas y generoso acogedor de las artes. Alguien recordará que en el lejano año de 1949 Viglizzo ofició de anfitrión en el agasajo que se le otorgó al escritor Ezequiel Martínez Estrada cuando decidió mudar de domicilio y abandonar Buenos Aires. Pampa Mar había sido, antes de la lenta declinación, un área en donde los libros se saboreaban como sábados que transcurren junto a las personas que han consentido en amarnos y de las que somos, como lo somos de esos libros degustados en la soledad de un sillón sin premuras, mansos dueños. Haberlo frecuentado cuando se aproximaba su final forjó en mí la débil pasión de sentir que había extraviado algo (su compañía, su conversación, su ámbito) que en realidad no había poseído nunca.


Carlos Viglizzo murió a mediados de la década de los noventa. Su librería prolongó en los avatares del tiempo la decadencia argentina. Hoy sé que tras años de malos libros, de magras ventas y de indiferentes lectores Pampa Mar ha dejado de existir, y con ella, el legado que Carlos Viglizzo quizás deseó dejar a una opaca ciudad que difícilmente lo mereciera. La muerte de una librería y la visión del frío espacio que ceden los desaparecidos libros que alguna vez esperaron en elegantes o rudos anaqueles la mano que viniese a concederles vida nos ensombrece siempre con la tristeza que emana como de una tumba. Habrá de sucederla algún cafetín, alguna venta de baratijas o algún establecimiento de calzado o ropa deportiva. La Historia, que no es sino el cúmulo cronológico de nuestra pobreza, sigue su curso. Hadrian Bagration

1 de marzo de 2012

Fachada Aurinegra


Termina de recomponerse la fachada que sobre calle Rodríguez tiene el club Olimpo, en el lugar que ocupa la pileta de natación. El frente tiene aspecto en realidad de contrafrente, acaso asumiendo la entidad que su acceso principal está en el otro extremo del terreno, sobre calle Sarmiento. La obra data de 1953 y fue diseñada por el arquitecto Manuel Mayer Méndez, actuando como constructor Severo Matrangolo.


La recuperación significó la perdida del revoque original símil piedra, una obra artesanal de jerarquía, propia de la calificada mano de obra por entonces existente en la ciudad, para dar lugar a una pintura en un tono similar. En el remate aparece la leyenda con el nombre de la entidad fundada en 1908 y, dando un toque distintivo, el escudo con sus colores identificatorios. Siempre llama la atención la voluntad de pintar estos edificios como obras en dos dimensiones, sin dar respuesta adecuada a sus muros medianeros cuando, como en este caso, son perfectamente visibles desde la calle.

25 de febrero de 2012

abrevaderos y autos


No es simple identificar de que se trata. Porque la obra de recuperación y reposición del abrevadero de avenida Cerri y Brandsen, en Bahía Blanca, realizado una década atrás, se hizo generando una curiosa fuente, ubicando el plato metálico, provista por los ingleses propietarios del ferrocarril para que los caballos pudieran tomar agua, sobre un pedestal de planta circular, pintado de amarillo, y con una bomba que recicla el agua que fluye de la misma. Luego: se hace difícil para quien no tuvo oportunidad de ver el emplazamiento original de la pieza entender que es, como funcionaba, su escala y hasta algunos detalles atractivos como sus patas similares a la de los equinos. Pero no solo eso. La gente se acostumbró a estacionar en el lugar y utilizar el agua para lavar sus autos, sobre todo los remiseros y taxistas. ¿El resultado? Una nueva cartelería prohibiendo estacionar y prohibiendo lavar los autos, lo cual dificulta cada vez más "leer" la obra que se pretende evocar. Es, en parte, una buena intención acaso no resuelta de la mejor manera.

El Abrevadero en su ubicación original, simple de entender

1 de febrero de 2012

Los primeros tranvías

El tramway a vapor en la primera cuadra de calle Chiclana, frente a la plaza Rivadavia, 1906
 Partiendo desde la estación del ferrocarril Bahía Blanca al Noroeste (BBNO), en calle Sixto Laspiur al 300, en 1904 comenzó a funcionar en Bahía Blanca el tranvía (Tramway, para los ingleses de esa empresa) a vapor, que unía la mencionada estación con la del Ferrocarril del Sud, en la avenida Cerri. El servicio corría por Rondeau, Terrada, avenida Colón, Chiclana, San Luis y avenida Cerri, con una regularidad promedio de 8 minutos. El servicio era prestado por un pequeño tren, con una máquina debidamente camuflada en una carrocería adecuada y un vagón con capacidad para 32 personas. La vía de circulación era similar a la del tren --trocha ancha-- y la aparición del sistema causó sensación por ser el primero regular destinado al transporte urbano de pasajeros. A pesar de eso, recibió muchas críticas por los ruidos que provocaba y el humo de la locomotora, al punto que se lo llamó, despectivamente, "cocina económica". El tranvía a vapor circuló hasta 1910, en que la propietaria, el ferrocarril Buenos Aires al Pacífico, puso en marcha el tranvía eléctrico, verdadero símbolo de la modernidad en el mundo.

26 de enero de 2012

Vistas de Alsina

La foto color es por demás singular. Data, se estima, de 1978, y muestra la cuadra de calle Alsina, desde el teatro Municipal para el centro. Se destaca en ese paisaje de la calle el palacete Pagano --diseño de Alberto Coni Molina, propiedad del empresario constructor Nicolás Pagano-- cuando ya estaba intervenido mediante su rediseño como castillo medieval para alojar la confitería Brancaleone. La casona fue construida en la primera década del siglo XX y durante muchos años puso su toque de distinción a la arteria. Fue demolida a fines de la década del 80, para dar lugar a un edificio en altura.

Vista desde Alsina y Alem, 1978. Foto gentileza Dr. Patricio Colapinto.
Desde la calle, principios del siglo XX. El teatro Municipal y el palacete Pagano.

20 de enero de 2012

La parte de atrás (Saldungaray)


El arquitecto Luis Ayrinhac --profesional de Pigué, fallecido en 2009-- comentó en cierta oportunidad que si se caía el portal del cementerio de Saldungaray podía cubrir todo el terrero que ocupaba ese camposanto. El comentario no es exacto por su lectura geométrica o matemática, aunque sí da cuenta de la monumentalidad de esa obra diseñada en 1937 por el ingeniero Francisco Salamone en esta localidad bonaerense que tiene hoy unos 1.200 habitantes.

Con sus 19 metros de diámetro y un zócalo de otros 9, la obra totaliza casi el equivalente a un edificio de diez pisos y realmente aparece como un portal desproporcionado para un cementerio que apenas ha crecido en los últimos 70 años. Como sea, la rueda de fondo azulado con la cruz con la cabeza del cristo, a pesar de la falta de parte de sus cerámicas y la armadura ya expuesta en parte de la estructura, sigue siendo una propuesta art déco única en la temática.

Por aquel comentario de Ayrinhac, y por ser una toma no tan conocida, la parte de atrás del cementerio de Saldungaray.

13 de enero de 2012

Casonas que se van, enero de 2012


Comenzó la demolición de la casona de la esquina de calles Tucumán y Moreno, para dar lugar a un edificio de viviendas multifamiliares. Construida en 1921 por el estudio del ingeniero Fernández Long, el inmueble estuvo ocupado hasta hace diez años atrás, cuando se puso en venta. Usurpado en varias ocasiones, finalmente fue adquirido meses atrás y ahora comenzó su demolición.
No se trata de un bien inventariado como patrimonio arquitectónico, pero sin dudas integra el tipo de mansiones que fueron jerarquizando los barrios bahienses, con sus dos plantas, su retiro de la línea municipal para dar lugar a un patio, sus espacios cargados de historias de barrio, de abuelos, de tardes de charlas y esperas en calma. Se van estas casas para dar lugar a nuevos emprendimientos. Se van resignando vidas, quebrados sus espacios, plegadas con arte y palabras de otros tiempos. Se borran sus siluetas para dar lugar a una nueva ciudad, la que todavía debe escribir su historia.

La ciudad que ni recordamos

Si bien es habitual pensar que la demolición de viviendas en Bahía Blanca comenzó en la década del 80, la realidad indica que fue a partir...