
Este singular grupo de casas coloniales de la avenida Alem y Sarmiento son parte del patrimonio arquitectónico de Bahía Blanca. Fueron proyectadas en 1928 por el estudio del ingeniero Francisco Marseillán y construídas por la empresa de Pedro Cabré Salvat. Son parte de una propuesta muy de boga por esa época cuando se planteaba a este estilo "neocolonial" como el verdadero lenguaje de la arquitectura nacional.
Los tejados bermejos, los balcones, las ventanas de hierro forjado, las columnas torneadas de las señoriales fachadas pretendían además "embellecer el aspecto de la ciudad", imprimiendo "variedad y encanto a sus calles". Sobre el frente de estas tres viviendas, una de ellas retirada respecto a la línea municipal, se advierten además los nobiliarios escudos. "Tienen la noble severidad de Toledo, atenuada por la gracia de Sevilla", señaló entonces el ingeniero Guillermo Martín, a cargo de la sección Arquitectura del estudio.
Lo cierto es que más allá de su calidad de haber sido inventariadas como parte de nuestro patrimonio arquitectónico, su destino fue responder a las inquietudes particulares de los distintos emprendimientos comerciales que las han ocupado, con distinta suerte, en los últimos años. Por estos días, la casa de esquina ha incorporado un tratamiento de color blanco y celeste y se prepara a sumar un muy agresivo toldo que le quitará al lugar la posibilidad de admirar el conjunto en todo su esplendor, escondiendo molduras, detalles y la perspectiva general del conjunto. A esto su suma la elección de un llamativo amarillo para otras de las casas, la que se encuentra retirada de la línea municipal.
En pocos días gran parte de las molduras quedarán ocultas
Los nuevos ocupantes del lugar han decidido pintar la casa de blanco y celeste, como parte de su propuesta comercial y gastronómica.
Celeste y amarillo, para las dos viviendas vecinas
Típicos detalles de las denominada arquitectura neocolonial, derivada del barroco y desarrollada en América en tiempos de la colonia.El resultado es poco menos que penoso y desalentador, porque se sigue interviniendo en estos bienes que han sido elegidos para representar la historia local, una herencia del pasado que se reconoce por sus valores y para los cuales tenemos que asumir la tarea de preservarlos y conservarlos para las generaciones venideras. Un deber que, al menos en este caso, lejos parece se cumplirse con rigurosidad.